Aumentar nuestra espiritualidad

Algunas de las revelaciones personales más sobresalientes han estado directamente relacionadas con el estudio individual de las Escrituras.

No hace mucho tiempo, un joven misionero pasó por la oficina de mi esposa en el Centro de Capacitación Misional en Provo, Utah, para hacerle una petición personal. Ya que él sabía que nosotros conocíamos personalmente a sus padres, el misionero deseaba saber si la hermana Christensen podría llamarle a su padre para preguntarle cuándo se efectuaría la operación de su madre. Después le explicó lo siguiente: —Mi madre casi murió cuando nació mi hermana menor. Todos nosotros, incluyendo mi hermanita de cinco años, ayunamos en su favor, y se mejoró. Desde esa ocasión, me preocupo al pensar en operaciones; me ponen nervioso. Tengo que saber para cuándo han fijado la operación para poder empezar mi ayuno.

Mi esposa gustosamente marcó el número de teléfono del padre y le preguntó al élder si deseaba hablar personalmente con él. Él pensó que sería mejor no hacerlo ya que era en contra de las reglas de la misión, además de la nostalgia que podría sentir. Cuando su padre contestó y se enteró de que la llamada provenía del Centro de Capacitación Misional, lo primero que preguntó fue:

— ¿Ha pasado algo malo?
— No— se le contestó, —en absoluto, pero su hijo quisiera saber cuándo se efectuará la operación de su madre para comenzar su ayuno.
— Ah— dijo —se va a sentir descorazonado porque no va a poder ayunar antes de la operación ya que ayer se llevó a cabo. Duró cinco horas y está progresando muy bien; todos estamos felices.

El rostro del élder se iluminó al darse cuenta del mensaje telefónico.

— Dígale a mi padre que lo quiero y envíele de mi parte un abrazo y un beso. También dígale que le dé a mi madre un abrazo y un beso por mí, así como a toda la familia.

Después de que terminó la conversación telefónica y se le explicaron al misionero los pormenores de la operación, este gran joven misionero dijo:

— ¡Estoy tan agradecido que de todas maneras voy a ayunar de agradecimientos

Mi esposa, Bárbara, escribió en su diario: “Nos dimos la mano, él salió de mi oficina y yo me senté y me puse a llorar”.

Sería de provecho saber qué tipo de enseñanza, acontecimientos y circunstancias se conjugaron durante los últimos diecinueve años para producir un hijo con esa clase de espíritu, dedicación, humildad y gratitud.

En el proceso de su crecimiento, ha llegado a comprender que el ayuno es algo más que pasar hambre. Tengo la seguridad de que esas cualidades espirituales, combinadas con sus otros talentos, le ayudarán a ser un gran misionero, puesto que ya ha cultivado la espiritualidad al punto de sentirse en armonía con la revelación personal diaria.

En nuestro actual llamamiento en el Centro de Capacitación Misional, mi esposa y yo tenemos la oportunidad de conocer a miles de las mejores personas del mundo. Los misioneros proceden de múltiples y diversas circunstancias, que oscilan entre las más espirituales y estables hasta las más difíciles. Un número considerable de misioneros han cultivado ya un alto grado de espiritualidad y testimonio, mientras que otros aún luchan por lograrlo.

Con la espiritualidad logramos el éxito; sin ella, no es posible. ¡Es así de sencillo! No es solamente el deseo totalmente genuino de vivir en armonía en todo momento con la voluntad de Dios, según nos guíe el Espíritu, sino también la capacidad de someternos completa y voluntariamente a su guía, para hacer, en consecuencia, lo que el Espíritu nos manda. El ser verdaderamente espiritual es seguir a Dios; es la llave a la felicidad verdadera y el éxito en nuestra vida en cualquier circunstancia.

Hace algún tiempo tuve la difícil responsabilidad de informarle a un joven misionero que su padre había fallecido esa mañana en un trágico accidente. Se quedó estupefacto, le temblaba el mentón, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Entonces observé uno de los milagros que nacen del testimonio personal y del cultivo de la espiritualidad. Lentamente alzó (afrente con una expresión de apacible determinación; accedió a llamar a su madre, sin que jamás hubiera un solo Indicio de que abandonaría la misión. Dijo que sabía que estaba donde su padre y su Padre Celestial querían que estuviera y que ahí se iba a quedar. Dio muestras de una actitud de paz y valor que muy raras veces he visto. Él es un ejemplo del joven fuerte, determinado y bien preparado del que cualquier padre estaría orgulloso de tener como hijo.

Afortunadamente, en algún momento de su vida había recibido la revelación personal de la veracidad del evangelio, de que Jesús es el Cristo, de que literalmente hay una resurrección; y todas estas verdades le ayudaron a fortalecerse en esa hora de crisis.

Cuando la espiritualidad y el testimonio llegan a ser parte de la experiencia de la persona, se hace más independiente, autodisciplinada, segura y feliz, y logra la paz para afrontar cualquier circunstancia que le sobrevenga.

Con toda seguridad, el milagroso esfuerzo misional de la Iglesia no funcionaría con el éxito que tiene si no fuera por la abundancia de espiritualidad y revelación personal de que disfrutan nuestros misioneros. Sin los susurros del Espíritu, muy pocos elegirían, costeándose sus propios gastos, dejar la comodidad y la seguridad de sus hogares, familias y, a menudo, novias o novios a cambio de los meses que requiere el servicio misional. Este testimonio y la seguridad personal de que el evangelio es verdadero es la “roca” sobre la cual está firmemente establecida La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Qué gran bendición sería si todos nosotros recibiéramos más fortaleza y revelación personal de la que recibimos. El presidente Brigham Young dijo lo siguiente: “No hay duda, si una persona vive de acuerdo con las revelaciones que Dios ha dado a su pueblo, puede recibir el Espíritu del Señor para manifestarle Su voluntad, y para guiarla y orientarla en el desempeño de sus deberes, tanto espirituales como temporales. Sin embargo, estoy convencido de que con respecto a esto, vivimos muy por debajo de nuestros privilegios.” (Discourses of Brigham Young, ed. por John A. Widtsoe, Salt LakeCity: Deseret Book Co., 1973, pág. 32; cursiva agregada.)

Hace algunos años luché para determinar el tipo de cosas prácticas que podría hacer para aumentar mi espiritualidad y de esa manera no vivir por debajo de los privilegios que se reciben por medio del don del Espíritu Santo. Incluso elaboré una lista personal que contenía diez preguntas y luego traté de evaluar mensualmente mi progreso en cada una.

Claro que todavía tengo que progresar mucho; sin embargo, sé que ahora que pongo en práctica estas sugerencias disfruto más de la influencia del Espíritu que antes. Ojalá que consideren también provechoso el hacerse estas preguntas:

  1. ¿Leo las Escrituras diariamente? Se nos ha mandado: “Deleitaos en las palabras de Cristo”; no se nos ha dicho que únicamente debemos echarles un vistazo de vez en cuando. (2 Nefi 32:3; cursiva agregada.) El presidente Kimball ha dicho lo siguiente: “Me he dado-cuenta de que me siento muy, pero muy alejado cuando descuido mi relación con la divinidad, cuando parece que no hay oído ni voz divina que escuche o hable. Al compenetrarme en las Escrituras la distanciase acorta y la espiritualidad regresa.” (“What I Hope You Wíli Teach My Grandchildren and All Others of the Youth of Zion”, discurso dirigido al personal de Seminarios e Institutos de Religión, Universidad Brigham Young, 11 de julio de 1966, pág. 6.)

Algunas de las revelaciones personales más sobresalientes han estado directamente relacionadas con el estudio individual de las Escrituras. Por ejemplo, José Smith y Sidney Rigdon recibieron la visión de los grados de gloria que se encuentra registrada en la sección 76 de Doctrina y Convenios después de que el Profeta estuvo estudiando la traducción del quinto capítulo del Evangelio de Juan. (D. y C. 76:15-24, y encabezamiento.) José Smith recibió la Primera Visión después de haber reflexionado en Santiago 1:5 “repetidas veces” (José Smith-Historia 11-17). Y el presidente Joseph F. Smith recibió la Visión de la Redención de los Muertos después de haber meditado en cuanto a algunas dudas relacionadas con 1 Pedro 3:18-20 y 4:6. (D. y C. 138:1-11.)

  1. ¿Oro verdaderamente o sólo repito las mismas palabras? Si no tengo cuidado, a veces me doy cuenta de que lo que estoy haciendo es repetir oraciones sin orar realmente. Puedo dar una oración llena de repeticiones trilladas casi sin pensarlo, pero no puedo expresar los sentimientos profundos de mi corazón a mi Padre Celestial sin realmente pensar. La oración verdadera me acerca al Espíritu.
  2. ¿Es mi ayuno significativo? ¿Logro algo más que pasar hambre? Sé que en cada día de ayuno que me preparo y ayuno con propósito y con la actitud correcta, me fortalezco espiritualmente; ya que éste es un principio de verdadero poder.
  3. ¿Me acuesto temprano y me levanto temprano? Si deseamos recibir la ayuda e inspiración del Espíritu con más regularidad en nuestra vida, seguiremos este consejo: “. . .Cesad de dormir más de lo necesario; acostaos temprano para que no os fatiguéis; levantaos temprano para que vuestros cuerpos y vuestras mentes sean vigorizados.” (D. y C. 88:124.)

Este consejo de las Escrituras es similar al que el presidente Marión G. Romney recibió, poco después de recibir su llamamiento como Ayudante del Quorum de los Doce, del élder Harold B. Lee, quien era entonces miembro de dicho Quórum: “Acuéstese temprano y levántese temprano. Si lo hace, su cuerpo y su mente se sentirán descansados y entonces, en la quietud de las horas tempranas de la mañana, recibirá más destellos de conocimiento ‘ e inspiración que en ningún otro momento del día.”

  1. ¿Soy básicamente una persona feliz? En muchas ocasiones el Señor ha indicado en las Escrituras que “tengamos ánimo”, que nos “regocijemos” (véase Mateo 9:2; 14:27; Juan 16:33; Hechos 23:11; 3Nefi 1:13; D. y C. 61:36) y ha dicho: “. . .Eleva tu corazón y regocíjate. . .” (D. y C. 25:13). Si no somos felices por naturaleza, algo no marcha bien. Debemos descubrir la causa para corregirla lo más pronto posible, porque hasta que no lo hagamos no podremos disfrutar de la compañía del Espíritu tanto como si tuviésemos ánimo. El desarrollar una actitud de gratitud por nuestras muchas bendiciones puede ser un paso gigante hacia la tarea de fomentar la felicidad.
  2. ¿Trabajo duro? La pereza y la espiritualidad no van de la mano. Si deseamos tener el Espíritu con nosotros más frecuentemente, seguiremos estos consejos:”. . .Mete tu hoz con toda el alma. . .” (D. y C. 31:5) y trabaja con todo el “. . .corazón, alma, mente y fuerza. . .” (D. y C. 4:2). Cuando pienso en alguien que vive cerca del Espíritu, el nombre del presidente Spencer W. Kimball, cuya capacidad de trabajo es legendaria, acude a mi mente. Lo cierto es que con más frecuencia los sentimientos espirituales vienen después de la acción en lugar de precederla.
  3. ¿Qué me preocupa más, dónde o cómo serviré? Si no tenemos cuidado, el “pecado universal” del orgullo humano puede robarnos la espiritualidad cuando nos preocupamos más por el nivel o la posición social (dentro o fuera de la Iglesia) que en servir con humildad. Nuestro Salvador Jesucristo nos mostró un ejemplo profundo del deseo de servir con humildad, sin importar la posición, cuando decidió levantarse de la mesa, y como Señor y Maestro, arrodillarse frente a sus discípulos para lavarles los pies.

Nunca debemos permitir que la envidia, los celos o el ambicionar una posición menoscaben nuestra espiritualidad. No hay ningún llamamiento en la Iglesia de Jesucristo que no requiera más de nosotros que los talentos con que contamos, si lo magnificamos. El servicio humilde y considerado es el signo del cristianismo.

  1. ¿Amo a todo el mundo, aun a mis enemigos? Jesucristo dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13:34-35.) Estos dos versículos contienen pocas palabras, la mayoría de las cuales son bastante cortas; y son tan fáciles de leer y tan difíciles de seguir como cualquiera en las Escrituras.

El Señor nos ha mandado que amemos a todos, aun a aquellos que no nos agradan (“Amad a vuestros enemigos”, Mateo 5:44); si lo hacemos, no sólo probaremos que somos “cristianos” sino que disfrutaremos más plenamente de la presencia del Espíritu. La espiritualidad no puede florecer en un ambiente de contención, disensión y falta de armonía.

  1. ¿Me estoy esforzando por llegar a “ser uno” con lo que idealmente sé que debo ser? En tanto que lo que hagamos en nuestras vidas esté por debajo del nivel donde sabemos que debemos estar, nosotros mismos nos estamos privando de la espiritualidad.

Jesús oró en más de una ocasión para que nosotros, los que creemos en El, llegáramos a ser uno al igual que El y su Padre son uno. (Juan 17:11, 21-22.) El Padre y el Hijo no solamente se llevan sumamente bien, sino que saben exactamente cómo debe ser la persona ideal, y eso es precisamente lo que ellos son. Nuestra meta final es llegar a ser como ellos. (Mateo 5:48; 3 Nefi 27:27.) Para llegar a eso debemos valernos de la Expiación y mediante la fe en Cristo para arrepentimiento cambiar nuestras vidas para ser “uno” con lo que deberíamos ser. En ese proceso debemos estar dispuestos a abandonar todos nuestros pecados.

Si nos encontramos en el camino para lograr esta unidad, tanto la paz mental como una mayor espiritualidad formarán parte de nuestras bendiciones. Este proceso es la médula de la razón por la que hemos venido a la tierra; es el corazón mismo del mensaje que tenemos que compartir con el mundo.

  1. ¿Comparto mi testimonio con los demás? Una de las mejores ayudas para cultivar la espiritualidad consiste en compartir nuestro testimonio, especialmente con los que no son miembros de la Iglesia. Al compartir nuestro testimonio del Salvador y de la restauración del evangelio, el Espíritu Santo confirma la veracidad del mensaje. No solamente es bendecido por el Espíritu el que escucha el testimonio, sino también los que lo compartimos. Nuestros testimonios no son estáticos; aumentan o disminuyen en intensidad, por lo que el compartirlo con los demás nos da un empuje espiritual. El Señor está complacido con nosotros cuando “abrimos la boca” y no ocultamos de los demás la convicción que tenemos. (D. y C. 60:2.)

Considero que me ayuda mucho hacerme estas diez preguntas regularmente, ya que me recuerdan de algunos pasos muy prácticos que puedo tomar para aumentar mi nivel de espiritualidad, y así acercarme un poco más a vivir a la altura de mis privilegios en calidad de uno que ha recibido el don del Espíritu Santo. Les exhorto a que hagan lo mismo para que de esa manera enriquezcan su vida, ya que la espiritualidad es en verdad la clave para una vida feliz y de éxito.

Fuente: Discorsus Ud

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