Cómo es la vida sin Cristo

Cuando uno ha permitido que le domine algún hábito, alguna permisividad, alguna práctica prohibida, llega a ser su esclavo. Como recoge un antiguo dicho: «Siembra un hecho, y cosecharás un hábito; siembra un hábito, y cosecharás un carácter; siembra un carácter, y cosecharás un destino.»

El pecado tiene un cierto poder asesino. Mata la inocencia; el pecado se puede perdonar, pero sus efectos permanecen.

Como decía Orígenes: «Quedan las cicatrices.» El pecado mata los ideales; las personas empiezan a hacer sin remordimientos lo que en un principio les producía horror. El pecado mata la voluntad; acaba por dominar a una persona de tal manera que ya no se puede librar de él.

Las señales de la vida sin Cristo

En este pasaje Pablo presenta una especie de lista de las características de la vida sin Cristo.

(i) Es la vida que se vive de acuerdo con esta edad presente. Es decir: es la vida que se vive de acuerdo con los baremos y los valores del mundo. El Evangelio exige perdonar, pero los escritores antiguos decían que era una señal de debilidad el tener la posibilidad de vengarse de una injuria y no hacerlo. El Evangelio demanda amar aun a nuestros enemigos; pero Plutarco decía que la señal de un buen hombre era ser útil a sus amigos y terrible a sus enemigos. El Evangelio demanda servir; pero el mundo no puede comprender al misionero, por ejemplo, que va a alguna tierra extranjera para enseñar en una escuela o colaborar en un hospital por la cuarta parte del sueldo que le pagarían en su país en cualquier trabajo secular. La esencia de los baremos del mundo es que colocan al yo en el centro; la esencia del baremo cristiano es que pone a Cristo y a los demás en el centro. La esencia de una persona mundana es, como ha dicho alguien, que « conoce el precio de todo y el valor de nada.» La motivación del mundo es la ganancia; la dinámica del cristiano es el deseo de servir.

(ii) Es la vida que se vive bajo los dictados del príncipe del aire. Aquí nos encontramos de nuevo con algo que era muy real en los días de Pablo, pero que no lo es tanto para muchos ahora. El mundo antiguo creía a pies juntillas en los demonios. Creía que el aire estaba tan abarrotado de estos demonios que no había espacio ni para introducir la punta de un alfiler entre ellos. Pitágoras decía: «Todo el aire está lleno de espíritus.»

Filón decía: « Hay espíritus volando por todas partes en el aire.» « El aire es la morada de los espíritus desencarnados.» Esos espíritus no eran todos malos, pero muchos sí, y se proponían propagar el mal frustrando los propósitos de Dios, y arruinar a las almas humanas. Los que estaban bajo su influencia se encontraban en oposición a Dios.

(iii) Es una vida que se caracteriza por la desobediencia. Dios tiene muchas maneras de revelarles Su voluntad a las personas. Lo hace por medio de la conciencia, la voz del Espíritu Santo que nos habla en nuestro interior; o dándoles a las personas la sabiduría y los mandamientos de Su Libro; o por medio del consejo de personas buenas y piadosas. Pero el que vive la vida sin Cristo sigue su propio camino, aun cuando sabe cuál es el de Dios.

(iv) Es una vida que está a merced del deseo. La palabra para deseo es epithymía, que quiere decir expresamente el deseo de lo que es malo y nos está prohibido. El sucumbir a ello es llegar irremisiblemente al desastre.

Una de las tragedias del siglo XIX fue la carrera de Oscar Wilde. Tenía una inteligencia excepcional, y obtuvo los honores académicos más altos; era un escritor ingenioso, y obtuvo las más altas recompensas en literatura. Tenía todo el encanto del mundo, y era un hombre simpático por naturaleza; sin embargo, cayó en la tentación, y acabó en la cárcel y en la deshonra.

Cuando estaba sufriendo las consecuencias de su caída escribió su libro De profundis, en el que decía: «Los dioses me habían dado casi todo. Pero yo me dejé seducir por largos períodos de abandono insensato y sensual… Cansado de estar en las cimas, descendí a las simas en busca de nuevas sensaciones. Lo que era para mí la paradoja en la esfera del pensamiento llegó a serme la perversidad en la esfera de la pasión. Dejaron de importarme las vidas de los demás. Asumí el placer donde se me antojó, y seguí adelante. Olvidé que todas las pequeñas acciones de la vida corriente hacen o deshacen el carácter, y que, por tanto, lo que uno ha hecho en la cámara secreta tendrá algún día que proclamarlo desde los tejados.

Dejé de tener control sobre mí mismo. Ya no era el capitán de mi propia alma, aunque no lo sabía. Me dejé dominar por el placer. Acabé en una horrible deshonra.»

El deseo es un mal amo, y el estar a merced del deseo es la peor esclavitud. Y el deseo no es simplemente una debilidad del cuerpo; es el ansia de la cosa prohibida.

Fuente: Bendiciones Cristianas PR

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