¿Es la mentira un pecado?

El poder de la mentira

Nadie es inmune a la mentira. No importa si se es científico, periodista, empresario, estudiante, cónyuge, trabajador, o incluso cristiano. Casi todo el mundo miente, y con frecuencia hasta varias veces al día.

En algunas ocasiones la mentira es pequeña, una “mentirijilla blanca” que se dice con el afán de hacer sentir bien a alguien. En otras puede ser un engaño deliberado o un autoengaño, para ocultar el asunto importante. Algunas veces es una serie elaborada y complicada de mentiras, como la que urdió Bernie Madoff, quien fue condenado por estafar en miles de millones de dólares a un grupo de inversores en Estados Unidos. Con frecuencia, las mentiras también se mezclan con la verdad para producir el fenómeno de Internet ampliamente conocido como “noticia falsa”.

Todos necesitamos entender y recordar que mentir no es algo insignificante. A veces las personas se van engañando y llegan a un punto en el que ni siquiera se dan cuenta que están mintiendo o transmitiendo una mentira. Otros mienten deliberadamente para avanzar en su vida profesional o condición social. Muchas investigaciones muestran que las personas exageran o mienten abiertamente sobre sus logros y éxitos pasados en los perfiles de los medios de comunicación social como LinkedIn y Facebook.

¿Qué piensa Dios sobre la mentira?

Si mentir es tan malo, ¿por qué las personas lo hacen?

Aquellos que tenemos un fundamento bíblico sabemos muy bien que mentir es uno de los actos específicamente condenados por los Diez Mandamientos. “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”, nos dice el noveno mandamiento en Éxodo 20:16.

La mentira es condenada como un pecado a lo largo de todas las Sagradas Escrituras. De hecho, un inquietante versículo declara que para aquellos que nunca se arrepientan o cambien este hábito deliberado, su destino profetizado es la destrucción eterna en el temible lago de fuego (Apocalipsis 21:8). ¡Este solo hecho debería captar la atención de todos! Pero ni siquiera esto impide que las personas sigan mintiendo. Las mentiras, grandes o pequeñas, se dan en todas partes y todos los días.

¿De dónde proviene la mentira?

Jesucristo nos revela que Satanás mismo es el padre de las mentiras, y afirma que el demonio “ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él… porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44, énfasis nuestro). La Biblia registra la primera mentira, la de Satanás cuando engañó a Eva en el huerto de Edén. Esta mentira intencional la llevó a la muerte y convirtió este hecho en homicidio, como dijo Jesús.

¿Por qué miente la gente?

Cuando comenzamos a seguir el camino de Dios y salimos de este mundo (2 Corintios 6:17), es importante recordar lo anterior para evitar mentir.

¿Sobre qué mienten las personas? Las últimas investigaciones indican que el 22% de las personas miente para cubrir una falta personal, el 16% usa la mentira y el engaño como medio para obtener algún beneficio financiero o ventaja económica, y otro 15% lo hace por conveniencia personal, que por lo general persigue un interés más allá de lo monetario.

Siguiendo con las cifras, aproximadamente el 14% de las mentiras se dice para evitar o para conseguir algo, el 8% para reforzar una imagen positiva de nosotros mismos, y el resto se divide entre hacer reír a los demás (contando historias fantásticas), evitar herir sus sentimientos, tratar de ser corteses y no hacer sentir mal a otros, y por otras razones diversas.

Aunque pueda parecer algo inocente y sin importancia en el momento, mentir acarrea un tremendo costo para la sociedad y la vida. La mentira daña a las personas. La mentira y el engaño destruyen la confianza, que es lo que une a los individuos y permite que las cosas funcionen mejor en la sociedad humana. La mentira solo aniquila las relaciones.

La mentira produce pérdidas de miles de millones de dólares en los negocios, el gobierno y las organizaciones, pero cuando uno empieza a mentirse a sí mismo, las cosas empeoran mucho más.

Esta misma investigación reconoce que, dada las actuales tendencias, los seres humanos no tienen mucha esperanza: “¿Cuál entonces podría ser la mejor manera de impedir el rápido avance de las falsedades en nuestras vidas colectivas? La respuesta no está clara”.

El camino puede parecer muy confuso para los científicos sociales y no religiosos, pero para aquellos que han optado por la senda de Dios y su forma de vida, ¡la respuesta es muy clara!

Mentir es parte de la naturaleza corrupta del ser humano, y no  parte de la naturaleza de Dios. “Los labios mentirosos son abominación al Eterno; pero los que hacen verdad son su contentamiento” (Proverbios 12:22).

Busque la ayuda de Dios para poder cambiar

Podemos agradar a Dios transformando nuestras vidas con la ayuda de su Espíritu Santo (Romanos 12:2). El proceso de transformación implica estar conscientes de nuestras debilidades y confesarlas. Piense antes de hablar. ¿Quiere engañar u ocultar la verdad? ¿Es verdad lo que está tratando de transmitir? Si no es así, está cometiendo un pecado.

La capacidad de mentir o sentirse cómodo mintiendo es algo con lo que todo cristiano debe luchar cada día por el resto de su vida. La Biblia claramente afirma “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Esto explica por qué uno de los Diez Mandamientos nos prohíbe específicamente mentir.

Dios nos entrega los medios para luchar contra esta insidiosa tendencia del ser humano y salir victoriosos. Debemos pedirle a él que nos ayude a tener conciencia y a desarrollar el buen hábito de decir siempre la verdad.

Si mentimos, es preciso que nos arrepintamos y busquemos el perdón de inmediato. Debemos enfrentar el hecho de que incluso los cristianos pueden caer presa de esta enfermedad espiritual. Como nos instruye el apóstol Pablo, “No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos” (Colosenses 3:9).

Es muy alentador notar que la palabra griega que con frecuencia se traduce como “vencer” en el libro de Apocalipsis puede también traducirse como “ser victorioso”. Esto significa que, con la ayuda de Dios a través de su Espíritu Santo, podemos vencer y ser victoriosos en todas las cosas, incluyendo el deshacernos de los rasgos dañinos y malignos que acompañan la mentira.

Es una tarea difícil, pero bien vale la pena. Como el apóstol Juan escribe en Apocalipsis 3:21 y como lo traduce la Nueva Traducción Viviente, “Todos los que salgan vencedores se sentarán conmigo en mi trono, tal como yo salí vencedor y me senté con mi Padre en su trono”

¡Nunca dejemos de luchar y buscar la victoria eterna!

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