El cristiano debe dar ejemplo en tiempos de dolor

La crisis del COVID-19 puede ser una oportunidad para que los cristianos sembren una semilla de paz ante el alarmismo social.

No se puede evitar la preocupación por algo tan grave como esta pandemia, que pone en jaque el equilibrio social y económico. Una enfermedad no es solo un desafío sanitario, pero un desafío para la sociedad y el sistema como un todo. Lo que se manifiesta de manera evidente es la vulnerabilidad humana y nuestra inseguridad. No somos dioses, sino criaturas frágiles.

Los medios de comunicación no siempre está en sintonía con el amor a la verdad y a la proporcionalidad. El vírus es peligroso para nuestra salud física, pero el pánico sembrado por ciertos medios es dañino para nuestra salud mental.

Sin embargo, debemos tener clara cuál es la actitud que debemos tener frente a esta crisis.

Jesús dedicó buena parte de su ministerio a acercarse a los enfermos y a los marginados, aquellos a los que nadie se acercaba y a los que nadie ofrecía su cariño. Es normal que nos pongamos a nosotros mismos en el centro, que tratemos de protegernos alejando a los demás, apartando al enfermo y aislándolo del resto de la sociedad. No obstante, deberíamos tener la actitud contraria. El otro, el enfermo, debe convertirse en el centro de nuestras preocupaciones y desvelos. ¿Cómo ayudarle? ¿Cómo protegerle? ¿Cómo acompañarle en la vulnerabilidad, fragilidad y marginación?

¿Apocalipsis?

Algunas personas ven en la epidemia, en el cambio climático y en otras alteraciones en la Tierra una evidencia de la proximidad del Apocalipsis; otros ven en estas señales la furia de un Dios vengativo ante una sociedad que parece haberle dado la espalda. Desde la ciencia se puede afirmar que estos eventos han existido siempre, pero, desde la fe, sabemos que son momentos esenciales para desarrollar en nosotros la caridad.

Los sanitarios de la fe

Cada época ha vivido una enfermedad específica, y puede que esta sea la que marque la nuestra. El COVID-19 muestra las consecuencias de nuestros tiempos y de un mundo altamente globalizado. Al igual que la movilidad entre personas, mercancías e información ha aumentado exponencialmente, los riesgos y las amenazas pasan a estar también presentes en todo el mundo.

Controlar una pandemia

Por culpa del miedo, la sociedad tiende a volverse arisca, prejuiciosa y egoísta. La gente se paraliza y, todo aquel que levante sospechas, queda recluido, alejándonos de lo humano y de lo que verdaderamente hay detrás de este virus: muchas víctimas enfermas o estigmatizadas por una sociedad que no puede dar un abrazo o esbozar una sonrisa porque es presa del miedo, la histeria y una mascarilla.

El cristiano debe dar ejemplo en tiempos de dolor

Los cristianos debemos ser ejemplo adoptando las medidas recomendadas por las autoridades y ayudando a frenar la expansión de este vírus. Además, debemos valernos de los medios electrónicos para poder estar cerca de aquellos que, sin poder estar físicamente, necesitan nuestra ayuda y apoyo.

Debemos orar por los fallecidos, por los enfermos, por las familias afectadas, y también por las autoridades, para que así Dios les ilumine y puedan gestionar esta crisis de la mejor manera posible.

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