El pecado de la vanidad

1. ¿Qué es la vanidad?

La palabra latina que significa «vanidad» es vanagloria, que para este estudio significaría reputación vacía de contenido. A la persona vanidosa le gusta el halago, la alabanza y el reconocimiento de los demás.

Es una persona que muestra un paquete con un envoltorio hermoso, llamativo y hasta deslumbrante, pero que solo es un envoltorio, ya que cuando se abre no contiene nada, está vacío. El envoltorio no es sino un engaño,  puesto que no corresponde a lo que se encuentra en el interior. La vanidad es la manifestación de rasgos de segundo orden que se convierten en el primer elemento de la realidad. El embalaje, el vestido, las influencias son más importes que la realidad.

Conozco una persona dominada por el pecado de la vanidad, que entre algunas de sus expresiones favoritas, está «yo vendo humo».  La expresión popular de esto sería el «vender gato por liebre» —y además saber venderlo muy bien. La vanidad es la necesidad de envolver la verdadera esencia de la persona bajo una capa deslumbrante de algo que no existe, con lo que se engaña a sí mismo a los demás. El engaño es la manifestación más profunda de la persona vanidosa y es al tiempo no querer darse cuenta de que no se tiene nada de lo que se está ofreciendo; es la dificultad de discernir lo que se siente de verdad e incluso quién es uno mismo.

La vanidad es la presentación de una buena imagen; brillar en el mundo, el afán por el éxito, ser más brillante que los demás, vivir según el principio de que se logran recompensas por lo realizado. El pecado de la vanagloria es una visión distorsionada de la realidad que reza «vales por los triunfos que logras y eres lo que has logrado». Es la convicción que la valía como persona depende sobre todo de los éxitos profesionales y del estatus social. Es la identificación no con lo que uno es, sino con lo que uno hace.

El tipo de personas dominadas por el pecado de la vanidad son camaleónicas, ambiciosas, competitivas y adictas al trabajo. Es por ello que generalmente están enamoradas de su  propia imagen, lo cual les lleva a estar constantemente preocupadas por la manera que se muestran a los demás, ya que la imagen es un elemento clave de su personalidad narcisista. Se puede incluso proyectar una imagen triunfante cuando en realidad se está viviendo un auténtico fracaso. Se puede estar viviendo un baile de disfraces con el convencimiento de que el disfraz es la realidad.

2. Consecuencias del pecado de la vanidad

La persona vanidosa vive una lucha constante de competitividad en la que o se gana o se pierde. La vida es una lucha donde hay que ganar y para ello todos los medios son válidos. El éxito es su gran fascinación. El fracaso es una realidad que no puede hacer parte de la vida de estas personas, porque nada es más trágico que el fracaso.

Debido a su facilidad para adaptarse a las expectativas de su entorno, cautivan a los demás. Aunque muy a menudo su adaptación al entorno tiene como propósito conseguir sus objetivos personales; es por ello que se les llaman personas camaleónicas.

Las personas vanidosas pueden fácilmente llegar a la cima del poder, ser gerentes de empresas, banqueros, presidentes de gobierno y directores de multinacionales que están toda su vida ocupadas en trepar por la escala del éxito. Esto se convierte en el único contenido de su vida, ya que  todo lo que no corresponde a escalar, no es importante para estas personas. Este es su pecado pero al tiempo su enfermedad, ya que muchas veces llegar a la cima  se convierte en el valor más importante de su vida y la única razón de vivir.

Posiblemente la consecuencia más importante de una persona vanidosa es su adicción al trabajo, incluso se siente incómoda si está inactiva. Recuerdo lo vivido hace unos años con una persona vanidosa, cuando juntos participamos en un Congreso en un lugar maravilloso de Europa, y debido a una huelga de aviones tuvimos que viajar un día antes de lo previsto. Las 24 horas de espera en el hotel, con unas playas hermosas y un tiempo extraordinario, se convirtió en un tiempo de desánimo, de frustración, de tiempo perdido y hasta de enfado, todo por el hecho de no estar haciendo nada productivo. El no hacer nada durante 24 horas, se convirtió en una experiencia muy negativa para esta persona. Descubrí que mi acompañante en este Congreso, vivía la vida de forma  acelerada, sin tiempo para pararse, para disfrutar de la naturaleza y de la vida. Me di cuenta que su agenda solo tenía un nombre: trabajo, trabajo, trabajo.

Las personas dominadas por el pecado de la vanidad, se dejan absorber completamente por su profesión, su papel social o sus proyectos y se convierten en una esponja sedienta que nunca tiene suficiente agua.

A las personas vanidosas les cuesta admitir sus equivocaciones debido a que eso sería  reconocer sus fracasos, por lo que en sus momentos de debilidad la mentira se convierte en su forma de esconderlos. La crítica es algo muy amenazador, ya que les destruye la máscara que esconde la realidad.

3. Respuesta divina a la vanidad

Las tres primeras bienaventuranzas (Mateo 5, 3-5)  se refieren a los pobres, a los que lloran, a los humildes, que son manifestaciones de fragilidad. Las personas vanidosas necesitan reconocer su fragilidad para vivir las bienaventuranzas; cuando esto ocurre comienzan un viaje hacia el interior de sí mismos, el cual les lleva a descubrir las máscaras y roles que realizan en la vida y que no corresponden a su verdadera identidad.

Quitarse la máscara con la que viven, será el principio de una vida transformada que les permitirá  ser menos exigentes con los logros, con los deseos de triunfar a toda costa, la renuncia  a la seguridad, al estatus social, al dinero, al poder y a la construcción de un imperio en el que el éxito lo es todo.

La gracia divina se manifiesta en las personas vanidosas cuando comprenden que el amor de Dios nos es dado por lo que somos y no por lo que hacemos, que no depende en última instancia del  esfuerzo o el trabajo. Es entonces cuando se hacen realidad las palabras del profeta Isaías:

Los que esperan en el Señor, recobran nuevas fuerzas, alzan su vuelo como las águilas; corren pero no se cansan, andan y no se fatigan (Is 40,31).

Se dice que el águila es el único animal que puede mirar directamente al sol. Esta imagen nos enseña como la resistencia, la fuerza y la rapidez de un águila puede ser también la realidad de una persona que ha sido liberada de la vanidad.

Cuando la persona vanidosa entra en la dinámica de la veracidad y sinceridad de forma natural, crea una atmósfera tal en su entorno que inspira confianza en los demás y les desafía a conseguir con ella objetivos inimaginables.

4. Para poder ir más lejos con esta reflexión

Las personas dominadas por el pecado de la vanidad deben recordar constantemente que la gente les quiere por lo que son y no por sus grandes capacidades, las cuales muy a menudo no corresponden a lo que son.

La riqueza es como el agua salada, cuanto más bebes, más sed tienes (A. Schopenhauer).

Escalé la cima de la fama y no hallé albergue alguno en su altura estéril (R. Tagore).

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