El profundo significado de la oración

Introduzcamos el tema a través de una metáfora.

Existía en una aldea un templo. Ese templo tenía mil campanas que, con el correr de la brisa, formaban un armonioso y embelesador concierto. Las gentes iban al templo para orar y poder escuchar, en silencio, la música de las mil campanas. Un terremoto precipitó las ruinas del templo en el fondo del mar y todos se lamentaron de la pérdida del templo y su maravillosa música. Los pescadores de la aldea cercana a la isla mantenían la creencia de que, en la playa, en determinados días, cuando la brisa venía de oriente, se podían escuchar las mil campanas. ¿Leyenda? ¿Realidad?

Esto lo escuchó un joven de otra región y decidió emprender un largo viaje sólo por escuchar un momento la música de las mil campanas. Llegó a la aldea, se instaló en una choza cercana a la playa y madrugó para escuchar en el silencio de la mañana la deseada música. Buscó en la inmensa playa un lugar solitario, pero el rumor de la aldea le entorpecía el necesario silencio. También le rompían su silencio los cantos de los pescadores, el silbar del viento entre los cocoteros, el sonido incesante de las olas del mar al romper contra la arena y las rocas. Inquieto el joven se paseaba buscando el mayor silencio de noche o de día sin conseguirlo. Pasaron meses y comenzó a desanimarse dando por fracasado su intento.

Antes de volverse a su casa, quiso despedirse de las buenas gentes de la aldea y también de la playa, el paisaje, las gaviotas… Sin pretender nada, diciendo un resignado y pacífico adiós, se paseaba por la playa, cuando comenzó, sin saber cómo a darse cuenta que el rumor de la aldea, los cantos de los pescadores, el silbar del viento, el sonido del mar o las gaviotas le atraía, concentraba y le permitía gustar un silencio sonoro y bellísimo. Cuando estaba inmerso en este concierto natural y silencioso, de pronto oyó una campana, otra, otra y tuvo la inefable experiencia del antiguo templo.

Además de su bella ingenuidad lo que nos puede enseñar este antiguo relato es que sólo oyendo la realidad, sintiéndola, acogiéndola, podemos escuchar en nuestro corazón la música callada. Para escuchar es necesario oír. Para contemplar es preciso aprender a ver.

Es decir para escuchar «la música callada» el único camino pedagógico es aprender a escuchar los sonidos de la vida: los gritos, las lágrimas, las palabras… lo que constituye la vida de las personas. Hay que escuchar para poder intuir en el corazón de la realidad la «música callada, la soledad sonora…»; todo está en la piel de la historia y el que quiera saltarse la historia no descubre nada porque la dinámica cristiana es de Encarnación. La gran pedagoga de la oración es la misma vida, la realidad.

La oración, por tanto, sería la toma de conciencia de quién soy yo ante Aquél que se auto-revela, revelándome, en el mismo acto, mi identidad. Arriesgarme a escuchar a Dios, la Palabra con que nos habla de ÉL y de nosotros. Es cierto que «nadie puede ver a Dios y vivir», al menos, con una creyente interpretación, vivir de la misma manera. Orar nos transforma y eso, frecuentemente, nos produce miedo, temor a no controlar nuestro cambio, o dejarnos convertir al Señor de la vida.

A menudo rezamos poniendo a Dios delante, como en una procesión, en nuestros pensamientos o deseos, pero la oración profunda nos invita a ir detrás de Dios, lo cuál es mucho más difícil para nuestro ser configurado por el pecado estructural y los pecados personales que dificultan nuestra búsqueda del Señor y la libertad de seguirlo.

Para el verdadero orante no se trata de poner a Dios en nuestros pensamientos, sino poner nuestros pensamientos, emociones y deseos en ver por qué caminos hay huellas de Jesús y, cuando nuestra cabeza o nuestras afecciones o raciocinios, nuestros criterios «sensatos», culturales, nos digan que esto no parece lógico, tener la locura de no seguir esos criterios sino los de Jesús que apelando al misterio amoroso de Dios, nos cita en el hombre, en el pobre. Por ahí va la oración cristiana. Caminando en fe. Y la fe es decidirse por Jesús y su Mensaje. Dejarnos enriquecer por su pobreza, liberar por su amor.

En el Antiguo Testamento recurre frecuentemente el tema de los dos caminos: el de la muerte y el de la vida. El hombre tiene que elegir. Orar, de verdad, es sembrar la elección que nos lleva a la Vida, que nos trae la Vida. Necesitamos desprogramarnos de las inercias de mundaneidad construida al margen de la voluntad salvífica de Dios para poder elegir. No fiarnos de las apariencias sino contemplando el corazón de la realidad, el verdadero rostro de lo humano, el misterio de Dios. Para contemplar necesitamos ante todo, ver con lucidez.

La oración consistiría en aprender, con el corazón, a ver la realidad y contemplarla. A mirar con la mirada de Dios y decidirme a vivir esa realidad como la vivió Jesús. Aprender a amar como amó Jesús, con una «fe que se realiza en el amor».

El Señor pone en nuestras manos la vida invitándonos a existir en ella guiados por la Bondad de Dios. En la oración y en la vida si hacemos algo bueno es porque ÉL es Bueno. «Allí estaba el Señor y yo no lo sabia». Orando en verdad lo sabemos y nos dejamos guiar por esa sabiduría. «La gloria de Dios es que el hombre viva», la oración da gloria a Dios, generando vida en el hombre.

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