La fe sin obras es muerta

La fe y las obras – Santiago 2:14-26

(Stg 2:14-26) «Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe. Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.»

Introducción

Este pasaje es clave en el tema de la fe y las obras. La interna coherencia literaria está ahora bastante clara. Ya habíamos visto que la fe genuina debe ponerse en practica y que la fe es probada y se mantiene en medio de las pruebas (1:3). Ahora se hace explícita la necesidad de que la fe actúe. De la exhortación a ser hacedores y no solamente oidores (1:22-25), pasamos a la realidad de una fe que obra (2:18-26). Asimismo, visitar a los huérfanos y las viudas (1:27), un ejemplo de la religión que Dios aprueba, tiene su continuación negativa en aquel cuyo lenguaje religioso sirve de coartada para despedir al pobre sin ayuda alguna (2:15-16).
Más evidente aún es la relación con la primera parte del capítulo pues, aparte de la mención de un interlocutor (18), los paralelos entre ambas mitades parecen evidentes. R. P. Martín lo bosqueja del siguiente modo:
«Hermanos míos… fe», v. 1 – «Hermanos míos… fe», v. 14.
El pobre con vestidos raídos, v. 2 – Un hermano o hermana desnudos y necesitados del sustento, v. 15.
El pobre… rico en fe… ama a Dios, v. 5 – Fe… obras (asociados muchas veces en este pasaje)
«Bien hacéis» (kalos poieite), v. 8 – «Bien hacéis» (kalos poieis), v. 19
El buen nombre por el que sois llamados, v. 7 – (Abraham) fue llamado amigo de Dios, v. 23
La línea argumental es semejante en ambas partes del capítulo. Comienza con una cuestión inicial (1,14), seguida de un caso hipotético (2,3; 15,16), que acaba con una pregunta (4,16). En un caso tenemos la inconsecuencia lógica de la conducta (6,7), en el otro se reduce al absurdo la pretensión de separar fe y obras (18,19). Del mismo modo que (2:8-11) alude a la fe que obedece la ley del amor, en (2:20-25) se presentan los ejemplos de fe obediente de Abraham y Rahab. El final es similar con «así… así» (12) y «así también» (26).
Santiago, que comienza hablando de la posesión de fe (1), ofrece dos descripciones dramáticas de cómo la «fe» debiera ser entendida: a) La fe no puede cobijar el favoritismo que adula al rico y desprecia al pobre; b) La fe alcanza su verdadero significado sólo cuando va acompañada de – y se expresa en – obras de bondad y misericordia, de lo cual suministra un ejemplo (15,16). Esta fe es viva (26), no muerta (17) ni inefectiva (20), respecto a la salvación (14). La fe no puede quedar en sentimiento que no pase de la mera expresión piadosa (16). Tampoco es la simple recitación de un credo doctrinal (19), lo que no dejaría de ser una entelequia (20).
Son diez las ocasiones donde la fe y las obras son mencionadas juntas, pero el énfasis está en la conjunción de ambas. La base para el argumento posterior la tenemos en la pregunta «¿podrá esta fe salvarle?» (14), es decir, toda la sección se ocupa de la fe digna de ese nombre.

El argumento lógico (Stg 2:14-17)

Los puntos básicos del pasaje son claros y coherentes con el argumento global. Comienza con la pregunta sobre el «provecho» (14,16) pero acaba con la cuestión de vida o muerte (17,26). Ambas cuestiones van dirigidas a la autenticidad de la fe que se profesa pero no queda demostrada por obras. Las cosas actúan conforme a su ser. Las obras nunca toman el lugar de la fe, pero revelan la existencia de ella.
Es propio del estilo de Santiago comenzar este párrafo sin palabra de enlace con lo anterior, con todo, la ausencia de cualquier vínculo nos hace pensar que la denuncia de la fe inoperante es en sí mismo un tema de interés para él. Es lícito preguntarse por la relación con lo que precede, es decir, ¿se está viendo «la fe en nuestro Señor Jesucristo» (1) desde otro ángulo?, o ¿hay relación entre el carácter que es propio de la fe y la mención del juicio (12,13)?
1. La fe sin obras, v. 14
Las dos preguntas retóricas deliberadamente esperan una respuesta negativa. La primera de éstas implica la falta de provecho de la fe inoperante. La segunda es más específica y categóricamente afirma la incapacidad de tal fe para salvar. Cuando se combinan ambas cosas el resultado es patético: Es una fe inservible para la salvación, que sería el resultado de la verdadera fe. En la primera cuestión ponemos el acento en «dice» (la pretensión de poseer fe), y en la segunda en la palabra «la» (volviendo a la fe sin obras). Mirando a la consumación futura de la salvación y al juicio venidero el criterio no será la profesión verbal, por muy sincera e insistente que esta sea, sino la fe que se expresa por algo más que palabras (14) o meros sentimientos piadosos (15,16).
2. Una ilustración de fe sin obras, vv. 15,16
Aunque el ejemplo es hipotético, sin embargo, cuadros de pobreza como los que Santiago habría visto en Jerusalén junto con la provisión de dicha iglesia para cubrir las necesidades, le habrían provisto de material para esta ilustración. El apóstol Juan dirá algo parecido (1 Jn 3:17-18), aunque con diferente aplicación. En el caso de los lectores no se descartan situaciones tan precarias como las que se describen en este texto.
La respuesta a la necesidad (16) es tan ofensiva e inútil que basta con repetir la primera pregunta «¿de qué aprovecha?» (14). Entre las acciones de la fe se cuentan la provisión para las necesidades materiales de otros. En este caso no hay provecho para el necesitado ya que éste no recibe ayuda alguna. Es interesante analizar las palabras del «uno de vosotros» al indigente: «Id en paz» son propias de una despedida cálida entre los judíos, no expresan menosprecio y Jesús mismo las utilizó, pero después de haber escuchado y obrado a favor del que recibía tales palabras (Lc 7:50) (Lc 8:48). Que duda cabe que las expresiones de simpatía son valiosas y pueden ser de ánimo si esto es todo lo que se puede aportar. Sin embargo, «no les dais lo que necesitan» parece implicar que aquellos que profesan no cumplen las expectativas que despiertan con sus palabras. Y es digno de notar que cuidar de las necesidades «del cuerpo» no queda fuera de las actividades «espirituales» de la fe.
3. La conclusión a lo anterior, v. 17
Lo que se deduce de los comportamientos (15,16) se aplica a la fe que dicha persona pretende tener (14). Debemos subrayar que el contraste no es entre fe y obras sino entre fe auténtica y muerta. Ciertamente el Padre celestial puede suplir toda necesidad pero frecuentemente lo hace mediante los recursos que ha repartido entre sus hijos, esperando que estos recuerden su voluntad revelada en la Palabra (Ga 6:9-10). Encomendar a Dios al necesitado cuando se tiene algo que darle no es propio de la fe que obra por el amor (Ga 5:6).
La descripción de la fe sin obras es triple: No aprovecha, no salva y es muerta. De este modo la fuerza de su significado se acrecienta e intensifica: Es inservible, incapaz de salvar y, de hecho, muerta. No se trata de una fe verdadera; aunque se menciona a «uno de vosotros» (16) el punto de la ilustración es que tal resultado es impensable. La iglesia debe tener canales de ministerio para una vida de fe pensando maneras de ministrar a las necesidades ajenas. Se deben escoger las prioridades. Aquí hay un mensaje para convencer y motivar a los que podrían ser personas de fe.
La fe es el tema unificador de la epístola. Es por la fe en Dios que soportamos pruebas, pedimos sabiduría, resistimos la tentación, controlamos la lengua, cuidamos de los huérfanos y las viudas, nos guardamos sin mancha del mundo, amamos al prójimo, damos para las necesidades físicas y materiales del pobre, en suma, vivimos como hacedores de la Palabra. Todo es mejorable pero estas cosas apuntan a la realidad de una fe genuina. La verdadera fe se somete a Cristo como Señor porque la fe que salva incluye tanto la confianza en él como Salvador, como seguirle a él como discípulos.

La respuesta a una objeción (Stg 2:18)

Este verso es uno de los «huesos» exegéticos del pasaje y algunos dirían que uno de los más difíciles del Nuevo Testamento. Parece claro que hay un interlocutor ¿pero quien es éste? ¿Es un oponente, un aliado, es real o queda implicado? Lo que resulta evidente es que hay una objeción porque el «alguno» tiene antecedentes en el contexto (14,16), y porque «pero» (18) la introduce claramente (comp. (1 Co 15:35). ¿Hasta dónde llega la objeción? La BLA pone un punto y seguido después de «… y yo tengo obras». A continuación sigue la contestación al objetor: «Muéstrame…».
Lo que se nos va a enseñar es que la fe y las obras son inseparables. Esta es la tesis de todo el pasaje. La respuesta juega con el doble uso del verbo mostrar: El mero profesante, que pretende tener fe, debe revelar su pretendida fe sin las obras; la otra posibilidad es demostrar la fe por los frutos que necesariamente ésta produce y que son las únicas señales ciertas, es decir, las obras. Las obras no usurpan el lugar de la fe sino se destaca la verdadera naturaleza de la fe.

La fe de los demonios (Stg 2:19)

Santiago lleva al objetor a su propio terreno con un argumento que resulta demoledor. El argumento oscila entre los demonios que tiemblan y Abraham que creyó y fue llamado amigo de Dios (19,23). Este es el contraste entre fe ilusoria y verdadera. En el primer caso la fe produce temor, en el otro, amistad.
Los demonios tienen una situación privilegiada para creer ciertas afirmaciones verdaderas. Las variantes textuales respecto al orden de las palabras y la presencia o ausencia de artículo definido no cambian nuestra convicción que la referencia es al Shema (Dt 6:4), la confesión específica sobre la unidad de Dios, que era recitada diariamente por los judíos. Aún más importante es la finalidad del escritor sagrado al afirmar que dicha declaración sólo recibe asentimiento intelectual, la fe se reduce a un mero credo, muy lejos de la fe en acción como respuesta cordial a Dios.
«Haces bien». La doctrina de la unidad de Dios, o de que hay un solo Dios, es de capital importancia y sostener dicha verdad es admirable, de ahí las palabras de aprobación, pero en sí mismo no tiene poder salvador. El hombre pecador debe acercarse a Dios a través de un mediador, y este es un elemento esencial de la fe. Adamson distingue entre «creer que» Dios existe (pisteuein oti) y «confiar en» Dios (pisteuein con dativo). Lo primero enfatiza aceptación intelectual, indicando la fe objetiva del judaísmo ortodoxo. Lo segundo es confianza personal y compromiso con la obediencia de fe.
«Tiemblan» traduce una palabra que significa «áspero, escabroso, desigual en la superficie». A menudo se refiere a tiritar, como en la fiebre, o un escalofrío cuando la piel se contrae, lo que llamamos piel de gallina, o cuando se eriza el cabello. Es un estremecimiento a causa del temor del juicio. Los demonios saben que Dios existe pero están despavoridos delante de él. Este temor contrasta con la confianza y paz del verdadero creyente.

El ejemplo de Abraham (Stg 2:20-24)

La importancia del tema se refleja en el apelativo «hombre vano», porque ciertamente es insensato quien no ve el contraste entre mera fe como credo, y fe como plena respuesta a Dios. Esta persona debiera haber llenado su mente y corazón con «la palabra de verdad», «la palabra implantada» (1:18,21), para conocer lo que es la verdadera fe y no conformarse con una fe que no es mejor que la de los demonios.
Con «quieres saber» pasamos a otra etapa en el argumento para refrendar con la autoridad de las Escrituras la tesis de que «la fe sin obras es estéril». Los dos ejemplos de fe (14-17,18-20) nos llevan a dos personajes contrastados: Uno es padre de los creyentes, la otra una extranjera. Abraham era una figura respetada, Rahab carecía de reputación. Abraham era un hombre, Rahab una mujer. Así que, un repertorio capaz de cubrir situaciones muy variadas.
La figura de Abraham era sobradamente conocida como un hombre de fe. Y al denominarle «nuestro padre» se delata el origen judeocristiano de los lectores. En el ámbito judío el sacrificio de Isaac era considerado como la mayor prueba de fe, con la cual el patriarca glorificó a Dios.
1. El sacrificio de Isaac, v. 21
Este momento es un acto de suprema obediencia realizado por la fe, y conviene al contexto de lo que los lectores deben practicar. La ofrenda de Isaac es la prueba cumbre para la fe de Abraham (1:3-4). Especialmente enfático es (He 11:17-19) que dice: «Por la fe Abraham, cuando fue probado ofreció a Isaac…»; que esta es exactamente la idea de Santiago se hace evidente por lo que sigue a continuación. Hay énfasis y patetismo en las palabras «Isaac su hijo» ya que sin éste las promesas anteriores no podrían ser cumplidas. No se está definiendo el método de justificación tan cuidadosamente como lo hizo Pablo sino se trata de destruir la pretensión de aquellos que imaginaban tener fe cuando faltaba la evidencia en la conducta. La persona justificada por la fe lo demostrará de una u otra forma. En Hebreos Abraham forma parte de la distinguida línea de héroes, los cuales, bajo grandes pruebas, nunca perdieron de vista al Invisible ni la convicción de que Dios cumpliría sus promesas.
I. El verbo «justificado» es un aoristo histórico en voz pasiva. De haber sido voz media hubiese sido el mismo Abraham por justicia propia, como resultado de las obras, quien llegase a ser justo. Pero fue otro distinto al patriarca, Dios el juez, quien dio su veredicto de justificación.
II. «Por (las obras)» no traduce diá, que serían los medios, sino ék, la fuente; es decir, no fueron las obras las que le justificaron sino Dios que se fijó en los frutos de la fe.
III. El plural «obras» no implica que esta única obra completó la acumulación de obras del patriarca para asegurar finalmente el veredicto. Abraham ya había sido declarado justo (Gn 15:6), y ahora queda claro la realidad de la fe. No se está tratando de la imputación original sino de la prueba irrebatible de que la fe de Génesis 15 era verdadera. Su fe no se limitó a decir (14,18,19) sino dijo e hizo. Respondió a la palabra implantada (1:21).
IV. El participio aoristo puede indicar una acción simultánea o antecedente a la acción del verbo principal, es decir, fue justificado «cuando» ofreció a Isaac, pero también podríamos traducir por «habiendo ofrecido», o «en que él ofreció». La ofrenda de Isaac no fue la causa de la imputación de justicia, pues esta ocurrió antes de que hubiese sido hecha una sola obra (Gn 15:6). Lo que Santiago piensa es que Abraham demostró una fe que no era estéril ni muerta (17,20). Esta fe inútil no nos une realmente a Cristo; tan sólo las obras de fe atestiguan que la fe es genuina y es esta fe productiva la que se agarra a Cristo.
La vida de fe respeta la gloria de Jesús (1) quien, por obediencia a Dios y amor a los hombres pecadores, tomó forma de siervo (Fil 2:7-8). Especialmente es obediencia a la ley real (8), obediencia a la Palabra desde la perspectiva de la respuesta a las necesidades ajenas. La vida de fe es de consagración vista en la obediencia que no regatea nada a Dios ni priva a otros del servicio debido.
El ofrecer a Isaac es la prueba de la realidad de la fe y este es el punto donde el veredicto de Dios viene a ser claro, porque mientras Abraham comienza a ofrecer a su hijo, Dios interviene y demuestra que ratifica el pacto al perdonar la vida del joven.
Podemos imaginar la escena. Dios le había prometido un hijo, y después de rechazar a Ismael como heredero, cumple su promesa y contra toda probabilidad nace Isaac. En éste se centraban todos los propósitos de Dios y, no obstante, el Señor le pide el sacrificio de su hijo. ¿Cómo se cumplirán entonces los propósitos divinos? ¿Ha renunciado Dios a cumplir su promesa? Abraham halla la solución en Dios, que si aparentemente pide algo irrazonable y contrario a su naturaleza, no obstante, es poderoso para levantar de los muertos (Ro 4:18-25). Esta lógica de la fe, que hace comprensible el sacrificio del hijo de la promesa y esta convicción de fe en un Dios que resucita a los muertos en medio del dilema de la prueba, es lo que le lleva a obedecer el mandato divino. La fe y la obediencia no pueden estar separadas pero esta última nace de la fe.
2. La explicación de la fe, vv. 22,23
«Ves» es singular apuntando al supuesto interlocutor («tu… tu», vv. 18,19), y de forma inmediata saca la conclusión al ejemplo que ha presentado (21). ¿Qué significa este acto de Abraham? Pues «que la fe actuó juntamente con sus obras…» (22). Si el verso anterior daba la impresión de estar interesado en las obras, ahora vemos que se ha supuesto la fe en cuanto ha sido dicho de Abraham, una fe que no es estéril (20). En synërgei el syn («juntamente») explica la referencia a amigo (23), y el ërgei («actuó») es un juego de palabras con argë (estéril, v. 20).
Literalmente, «la fe estaba colaborando con sus obras». La fe ayudó y le capacitó para llevar a cabo actos de obediencia, «sus obras». Es siempre la fe la que da valor a las obras pues estas no son independientes, no tienen importancia complementaria. Y a la vez las obras atestiguan que la fe es genuina. En consonancia con el tiempo imperfecto tres verbos aoristos históricos en voz pasiva nos lo explican más ampliamente: «fue perfeccionada… se cumplió… fue llamado…»
La fe fue perfeccionada. La fe del patriarca no era ni imperfecta ni incompleta que dejara pendiente el momento de la justificación. El verbo significa llevar a la meta y la voz pasiva indica que fue Dios el agente que hizo esto con la fe de Abraham. Dios le pidió mostrar estas obras de fe; la fe de Abraham se ayudó por medio de estas obras, y así Dios llevó la fe del patriarca a su meta como resultado de obras. ¿Cuál fue la meta?
Se cumplió la Escritura. La meta es el cumplimiento de (Gn 15:6), que nuevamente es voz pasiva, así que, fue una Escritura cumplida por Dios. Ya que la frase sugiere una especie de profecía o promesa nos preguntamos a qué se refiere. Abraham creyó lo que Dios dijo muchos años antes del sacrificio de Isaac, es decir, la gran predicción de (Gn 15:1-5), y Dios contó su fe por justicia. Aunque el mandato de Dios parecía anular (Gn 15:6), al preservar a Isaac, en realidad afirmó su cumplimiento.
Al ofrecer a Isaac quedó vindicada la fe de treinta años antes. Dios mantuvo la profecía y promesa que descansaba en Isaac. Dios ni siquiera dejó que la acción de Abraham pasase de atar al muchacho y no tuvo que levantarle de la muerte. Abraham seguía creyendo en lo que Dios le había dicho y puso a Isaac sobre el altar y Dios le dio preciosas palabras selladas con un juramento (Gn 22:16-18). Esta fue una seguridad renovada para la fe del patriarca de que lo dicho treinta años antes sería cumplido plenamente. A esta meta Dios llevó la fe de Abraham.
Con todo, y esta es la clave, no sin obras sino como resultado de los hechos de Abraham cuando hizo con Isaac lo que Dios le dijo que hiciera. Este es el valor de las obras de fe de Abraham. Es una fe que produce sus frutos apropiados. Abraham no era justo sino pecador y su fe con todas sus obras no le harían justo; Dios se limita a reconocer lo que había sido cierto en Abraham. Le cuenta como justo no por el mérito de su acto de fe sino por el valor de lo que apropió, es decir, abrazó al Mesías prometido y su justicia perfecta (Jn 8:56), tal como le fue éste ofrecido en la promesa de Dios. Esta es la sustitución que queda envuelta en el contar la fe por justicia (Ro 4:3). La fe precede a las obras: «creyó… le fue contado».
Fue llamado amigo de Dios. Este es otro resultado de la meta de las obras de fe. «Amigo» (filos) deriva del verbo fileö, amar. Es el amor entre dos personas que comparten intereses comunes. En el sacrificio de Isaac Abraham demostró la coincidencia con Dios en intereses y voluntad. La amistad verdadera nunca pasa factura de gastos porque no cuenta el costo.
Abraham es el supremo ejemplo de «amistad con Dios» en vez de «amistad con el mundo». Abraham representa sobre todo a la persona de fe que no es de doble mente, que verdaderamente piensa y actúa conforme a la medida de Dios. De haber sido amigo del mundo le hubiera faltado voluntad de ofrecer a su hijo en sacrificio, porque habría visto la vida como un sistema cerrado donde el futuro estaba determinado por lo que poseía. Aunque Isaac era un don de Dios era ahora posesión de Abraham y su esperanza para la futura posesión de la tierra.
Activamente las obras de fe demostraban que Abraham amaba a Dios; pasivamente, fue amado por Dios con referencia a la justificación que recibió por la fe. Ambos sentidos de la amistad los encontramos en relación con los creyentes en (Jn 15:14-15). El significado de la expresión parece ser que Dios no escondió de Abraham lo que se proponía hacer (Gn 18:17). Tuvo el privilegio de atisbar el gran plan que Dios estaba llevando a cabo en la historia (Jn 8:56).
Resumiendo, tenemos tres maneras en que fe y obras operan juntos:
«La fe actuaba juntamente con sus obras», un juego de palabras: «la fe obraba con sus obras».
«La fe fue perfeccionada», porque la fe madura.
Se cumplió la Escritura… La fe de Abraham en la promesa de Dios y el contárselo esto por justicia (Gn 15:6) demostraron ser verdad y fueron llevados a cabo en obras cuando Abraham ofreció a Isaac.
Estas tres cosas convierten a la fe en un factor dinámico más que una condición estática. Se espera del creyente una continua vida de obras de fe. Probablemente se esté pensando en las enseñanzas de Jesús sobre cómo reconocer al árbol por sus frutos (Mt 7:15-20). Tres cosas: 1) La fe es el contexto inicial y continuo para la relación con Dios. 2) Que la fe es genuina quedará demostrado por obras. 3) La fe genuina es la base para ser declarado justo delante de Dios. Santiago se opone a una fe que niegue la obligación de obedecer a Cristo como Señor. El catolicismo romano ha hecho una caricatura de la doctrina reformada, pues los protestantes dicen que la justificación es por la fe sola pero no por una fe que está sola, que, dicho sea de paso, tampoco es lo mismo que sumar fe más obras para alcanzar la justificación.
3. La proposición final, v. 24
Es importante no acercarnos a este texto con la doctrina de Pablo en mente sino dejar que Santiago nos entregue sus propias conclusiones. Nunca se niega la relación de la fe con la justificación, pero, dicho esto, nunca se piensa en una fe estática, de credo, de mera profesión. La fe es la respuesta a la iniciativa de gracia, responde al llamamiento celestial que siempre supone la obediencia. El énfasis está en la palabra «solamente (por la fe)» pues una fe muerta y estéril no es del agrado de Dios. La fe va más allá del mero hablar (15,16), no es profesión verbal sin compromiso (18,19). Esto puede verse en el ejemplo de Abraham. Con todo, «solamente» demuestra que en ningún caso se está pensando en excluir la fe, pero debe ser una fe que tiene consecuencias para la vida, una fe auténtica. «La fe sola justifica, pero la fe que justifica no está sola» (Calvino, citado por Adamson).

El ejemplo de Raham (Stg 2:25-26)

Este segundo ejemplo supone un señalado contraste (dé) con el de Abraham, pero «asimismo, de igual manera» (homoíös) subraya que esta ilustración enseña la misma verdad. La construcción corre paralela al ejemplo anterior ya que comienza, como en 2:21, con una pregunta que invita al lector a una consideración atenta; mientras la negación con el interrogante («¿no…?») confirma la enseñanza de todo el pasaje.
Nadie impugnaría al patriarca al que rodeaba su gran renombre como el padre de los creyentes. Sin embargo, Rahab ni siquiera era judía sino gentil, pertenecía a los pueblos de Canaán que habían de ser destruidos posteriormente por su maldad. Respecto a su historia personal era una ramera. Quizá había sucumbido a la inmoralidad de su entorno cananeo. La imaginación derivó en diversas tradiciones sobre su persona, pero lo que sí es cierto es que es uno de los eslabones de la genealogía de Jesucristo (Mt 1:5). Así que, se está afirmando la universalidad del principio defendido en esta sección de la epístola.
Rahab no serviría para ilustrar la obediencia, más aún habiendo tantos casos de piadosos a los que recurrir como ilustración. De hecho, (He 11:31) la menciona más como ejemplo de fe que de obediencia. Santiago no menciona su fe pero sabe que los lectores están familiarizados con su historia (Jos 2:11-13). Esta mujer ilustra muy bien la iniciativa de la gracia de Dios al justificar a una mujer pagana, prostituta, por medio de una fe sencilla pero que actuaba, en contraste con una fe muerta. Ella creyó lo que otros o dudaban, o rechazaban (Jos 2:11), y llegado el momento obró de forma consecuente con el conocimiento que tenía (Jos 2:16). La recepción y hospitalidad que dispensó a los mensajeros de Dios significaba una ruptura con el mundo al que pertenecía. La acción decidida de enviarles por otro camino demostró la urgencia e interés por asegurarles la huída. Este episodio bíblico ya hace claro que sus hechos fueron una expresión de fe, una fe que actúa para salvación (Jos 2:13-14); desde luego Josué no la destruyó con el resto de Jericó (Jos 6:25). Por tanto, Rahab conviene perfectamente al paradigma de fe.

La conclusión del tema (Stg 2:26)

La cláusula final, «la fe sin obras está muerta», forma una inclusión con 2:17 de modo que lo dicho en los versos intermedios sirve de apoyo al argumento principal en 2:14-17. El «porque» (gar) implica que el punto que Santiago quiere hacer fluye del ejemplo de Rahab, tanto la fe como las obras de ésta.
El «espíritu» es el principio de vida que anima el cuerpo (Ez 37:10) (Lc 8:55). Probablemente está pensando en (Gn 2:7). La separación de ambas realidades se produce como consecuencia de la muerte. Un cuerpo sin aliento de vida es un cadáver. De la misma manera la fe es útil unida a las obras pues de lo contrario es muerta, totalmente infructuosa. La fe improductiva no es fe en modo alguno; no se puede expresar esta verdad más fuertemente que con la figura de la muerte.

Temas para meditar y recapacitar

1. Defina fe y obras y muestre cómo se relacionan, según la argumentación de Santiago en este pasaje.
2. Explique la diferencia entre la «fe» de los demonios, la fe de Abraham y la de Rahab. ¿Qué «ingredientes» tienen la fe de estos dos personajes, que faltan por completo en la de aquéllos.
¡Muchas Gracias Por Votar!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: El contenido está protegido !!
Scroll al inicio