Seguir el camino de Dios

En Cristo se cumple el firme próposito de Dios de realizar algo nuevo.  Los conformados a Cristo constituyen la nueva creación.

Demuestra Jesús que tiene que padecer mucho y morir y resucitar luego.  A continuación, discrepa Pedro de manera firme con Jesús y le increpa.  Pero realmente, ¿quién se lo reprocharía?

Después de todo, ha dejado él sus redes y ha seguido a Jesús.  Lógicamente, le sería una gran decepción al discípulo si se le muriese el Maestro en quien ha confiado firme y totalmente.  Además, ha aprendido a amar a Jesús.  No le gustaría, por supuesto, oír ninguna predicción de la muerte, —muerte cruel, ni menos—, de un amigo querido.

Así que Pedro firme y rotundamente dice «no» a la noción de un Mesías sufriente.  Pero resulta aún más firme y rotunda la increpación de Jesús:  «¡Quítate de mi vista, Satanás!, que me haces tropezar».  Así de imprescindibles son los sufrimientos para la salvación.

Queda subrayado el firme propósito de Jesús de seguir pensando como Dios y de demostrarnos la nueva creación.

Insiste Jesús de manera firme en promover los planes y los caminos de Dios.  Aun volviéndose para él oprobio la misión que Dios le ha confiado, igual no se echa atrás.  No encuentra, de todos modos, manera alguna de contener la Buena Nueva.  Y así sea, que solo de la Buena Nueva brota la nueva creación.

Connota ésta un mundo puesto boca abajo.  Allí, salvar la vida significa perderla y la abnegación es la autorrealización.  La verdad de esta enseñanza, claro, la demuestra Jesús:  su crucifixión quiere decir exaltación y su vergüenza es su gloria.  Él es, sí, la certeza en persona de que la resurrección exige la pasión y muerte.

Y solo son auténticos discípulos los imbuidos de tal certeza.  Son ellos quienes se conforman firme y fielmente al mensaje de la cruz.  No les importa que el Crucificado sea piedra de tropiezo para los judíos y locura para los gentiles.

Discrepando con los mundanos sabios, grandes y fuertes, no buscan los verdaderos cristianos sus intereses, sino los de sus prójimos.  Imitan al que entregó su cuerpo y derramó su sangre por ellos.  Por tanto, se presentan por los demás como hostia viva, santa y agradable a Dios.  Se dan cuenta de que rara vez «se consigue algún bien sin esfuerzo», sin sufrimiento (SV.ES IV:345).  Participan así en la obra redentora de Cristo, la que se atribuye «a los méritos de su pasión».

Que reconozcamos, Señor Jesús, que el mejor lugar donde podemos estar es al pie de tu cruz (SV.ES I:206).  Danos firme comprensión de que tu cruz es la única esperanza de salvarnos de las falsedades, injusticias, y los conflictos.

Fuente: Famvin

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