Solo la fe salva, pero la fe también produce obras nuevas

Una de las doctrinas clave del cristianismo fue la justificación por la fe sola, la enseñanza bíblica de que el hombre no es justificado por sus obras, sino únicamente por la justicia de Cristo, la cual nos es imputada, puesta a nuestra cuenta, por medio de la fe.

Cuando el pecador cree en Cristo su fe le es contada por justicia, dice Pablo en Rom. 4:5. Él confía en Cristo para salvación, y de inmediato la justicia de Cristo es puesta en su cuenta, de tal modo que Dios no ve más sus pecados, sino más bien la justicia perfecta de su Salvador.

Ahora bien, esta buena noticia del evangelio puede ser fácilmente tergiversada cuando no contemplamos todos los aspectos doctrinales envueltos en la salvación. Algunos pueden concluir erróneamente que, ya que no somos salvos por medio de nuestra obediencia ni por medio de nuestras obras, entonces nuestra obediencia y nuestras buenas obras no juegan ningún papel en la vida cristiana.

La salvación que el evangelio ofrece no nos libra únicamente de la condenación del pecado, sino también de su esclavitud, para que ahora podamos servir y obedecer a Dios con libertad (comp. Rom. 6:17-18).

Es atractivo a nuestra carne pensar que podemos vivir como queramos, y aun así ser salvos. Es atractivo pensar que podemos vivir como el mundo vive, que podemos tener las mismas metas, los mismos valores, los mismos estándares del mundo, pero aún así pertenecer al reino de los cielos.

El Señor nos advierte en el Sermón del Monte que muchos serán engañados por esta falacia, y finalmente se perderán: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”. (Mateo 7.21-23)

Estos hombres creían que eran cristianos, estaban envueltos en toda una serie de actividades relacionadas con la religión que profesaban, pero aún así se perdieron. Cristo les llama en el texto: “… hacedores de maldad”.

Y ¿cuál era su maldad? ¿Cómo se manifestaba en un sentido práctico la maldad de estos hombres? La palabra que se usa en el texto, y que se traduce como “maldad”, es anomia, lit. “sin ley”. Estas personas profesaban ser cristianas, pero no mostraban estar sometidos a la voluntad de Dios revelada en Su ley; no se veía en ellos un esfuerzo consciente por obedecer a Dios; no experimentaban hambre y sed de justicia, un deseo ferviente de ser cada vez más santos.

Decían ser cristianos, pero vivían a su manera. Decían seguir a Cristo, pero en realidad seguían los impulsos de su propio corazón; en otras palabras, ellos eran su propia autoridad. Cristo dice en nuestro texto que tales personas se engañan a sí mismas si piensan que son cristianas.

Nadie puede clamar que es un verdadero cristiano si no está dispuesto a someterse a la voluntad de Dios. No somos salvos por obedecer a Dios, ni por hacer buenas obras; pero todos aquellos que han sido salvados por gracia, por medio de la fe, muestran la realidad de la gracia y de la fe a través de su obediencia y de sus buenas obras.

Somos salvos por la fe sola, pero no por una fe que está sola, sino por una que viene acompañada de frutos de justicia (comp. Ef. 2:8-10; Sant. 2:20, 26).

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