Jesucristo es nuestro salvador

Jesús puede ser nuestro Salvador en un grado más profundo, lo que significa recibir mucho más que sólo perdón de pecados.

En el antiguo pacto también era posible recibir el perdón de pecados. “Porque en el día de expiación seréis limpios de todos vuestros pecados.” Levítico 16: 30. Sin embargo, continuamente requerían del perdón, año tras año. “Con esto entrará Aarón en el santuario: con un becerro para expiación, y un carnero para holocausto.” Levítico 16:3.

Para recibir perdón, los hijos de Israel tenían que ofrecer sangre de toros, corderos y machos cabríos como una ofrenda por el pecado.

Más que el perdón

Jesús vino para ofrecernos mucho más que el perdón de pecados – ¡Él vino para ofrecernos una completa transformación! Él entendió que las ofrendas por el pecado nunca podrían guiar a los hombres a una transformación y una vida nueva. Él vino para salvarnos de nuestro pecado.

Esto quiere decir que ya no necesitamos seguir pecando año tras año. La sangre de toros y machos cabríos no pudo quitar los pecados, pero Jesús sí. (Hebreos 10,4)

Jesús vino al mundo con la misma carne (naturaleza humana) que un bebé. (Hebreos 2, 14-16)

Él experimentó las mismas tentaciones que nosotros experimentamos, y venció sobre éstas estando en la condición de hombre, ¡sin haber pecado una sola vez! (Hebreos 4:15)

¿Cómo pudo lograr esto? A causa de su obediencia pudo Dios condenar el pecado en su carne mientras estaba con vida, antes de morir en el Gólgota. Él murió a su propia voluntad, mucho antes de haber sido crucificado en la cruz. (Romanos 8:3)

Nuestro precursor

Jesús fue perfeccionado a través de estos sufrimientos cotidianos. (Hebreos 2:10).

Lo hizo para poder guiar a muchos de nosotros a la misma gloria. Él es nuestro líder y ha sido completamente liberado del pecado en Su carne, que heredó a través de la caída. Si seguimos sus pisadas  y dejamos que el Espíritu haga su obra, entonces también podremos llevar el pecado en nuestra carne a la muerte y terminar con el. (1 Pedro 4:1)

Podemos dejar de pecar si aceptamos a Jesús como nuestro Salvador. Esto quiere decir, que es totalmente posible dejar de ofenderse, terminar con el enojo y la envidia. Ya no tenemos que ser esclavos de los “deseo de los ojos”  (1 Juan 2:16).

Por lo tanto, podemos ser transformados a su imagen. (Romanos 8:29). Él fue el primogénito de muchos hermanos. ¡Qué Salvador!

 

 

Fuente: Cristianismo Activo

 

 

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