La valentía de reconocer nuestros pecados

Salmos 19:12 Dice: ¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos.

El ser humano tiende a no aceptar sus errores, y cuando los pueden identificar, los justifican. Eso es algo común y normal en el ser humano. ¿Qué pasa cuando esto viene de un cristiano?  Se justifica de forma religiosa. Tratar de entender que lo que hace mal no está mal, por el hecho de centrarse en la paja que está en el ojo de su prójimo.  Jesús corrigiendo a un religioso en Mateo 7:3-4 Dice: ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?  ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?

Siendo una persona religiosa es mucho más difícil aceptar que hay una viga en nuestro ojo.  El espíritu religioso hace que seamos  expertos en acusar a otro y no ver nuestra propia falta. La  Biblia en Lucas 18:11 Dice: El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano. Este fariseo era muy religioso, y se fijaba en la falta de los demás sin reconocer sus propias faltas. Jesús enseñó que al que el fariseo veía, que estaba mal, fue justificado porque pidió perdón, mientras el fariseo no arregló su asunto con Dios y no fue justificado.

Hay que ser valiente para reconocer sus faltas y así recibir el perdón de Dios. Lo bueno de reconocer el pecado, el error, la falta, es que podemos ser perdonados, de lo contrario recibiremos las consecuencias de lo que no queremos aceptar o arreglar. Hay que ser valiente para reconocer en lo que estamos fallando, ya que el mismo orgullo se levanta en nuestra contra, el miedo de ser avergonzado, el miedo de lo que puedan decir o ser menospreciados. Pero es la única forma que Dios empezará a restaurar lo que el quiere ver en nosotros.

Recordemos al hijo pródigo: el hijo pródigo tomó la decisión incorrecta de irse de su casa. Hay decisión que tomamos pensando que estamos en lo correcto hasta que las consecuencias nos tocan fuertemente. El hijo pródigo vivió perdidamente según Lucas 15:13 ¿qué pensaría el en ese momento?

Quizás decía: esta es la vida que quería vivir. El hijo pródigo estaba totalmente desconectado y cegado por la sensación de un falso bienestar hasta que comenzó a perderlo todo. Llegó un momento que el hijo pródigo llego a comparar su estado actual con el que tenía,  y esto lo fue llevando a reconocer su error. El hijo pródigo tuvo que tomar la decisión de levantarse reconociendo que lo hizo mal, esto es valentía. Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Lucas 15:18

Al igual que el hijo pródigo podemos ser restaurados si reconocemos nuestros pecados delante de Dios. El salmista dijo: Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová;  Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Salmos 32:5 La valentía y la bendición comienzan cuando no somos cobarde en reconocer nuestras faltas. El trato de Dios es de misericordia cuando reconocemos nuestras faltas. El pecado que se guarda en el alma nos hace daño por dentro, es mejor echarlo fuera por la confesión sincera y la decisión de no volverlo hacer.  La Biblia dice: Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Salmos 32:3-5

Los daños del pecado oculto y no confesado:

  1. Va dañando nuestro interior.
  2. Nuestra relación con Dios se va agravando.
  3. Nuestra relación con Dios se va secando.

Es por eso que debemos tener la valentía de reconocer nuestros fallos para que como el hijo pródigo, el Padre nos levanté como él quiere vernos.

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