Por qué no desanimarte

El verdadero origen del desánimo y las dudas

Todo el desánimo y la desesperanza tienen un solo origen, el cual es el pecado. Es imposible que alguien se desanime si no comete ningún pecado. No obstante, tampoco es necesario desanimarse si es que has pecado. No está escrito: “Desanimados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas.” Al contrario: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas.” (Romanos 4: 7)

El desánimo viene por pecar y luego dudar. ¿De qué dudamos? De que nuestro pecado es perdonado al mismo instante en el que se confiesa; que es perdonado completamente y olvidado por la eternidad; que Dios nos ama de la misma manera a pesar de que hayamos pecado; que tenemos todavía el derecho de ser francos, que es provechoso orar, etc…

¿De dónde viene la duda? Viene de nuestro adversario, el diablo, el mentiroso. ¿Por qué le crees? ¿Lo buscas a él? ¿Confías en él? ¿Guardas y escondes a sus palabras en tu corazón? ¿A quién ha salvado él y hecho feliz?

En el momento en el que te desanimas, ¿qué ocurre? Has perdido el resto de tu fuerza para resistir, y como consecuencia el pecado recibirá aún más poder sobre ti. Sin embargo, no es solo un pecado el que te lleva a desanimarte, el desánimo viene por una serie de pecados – un período en donde el pecado reina sobre ti de diferentes maneras; un pecado lleva al otro y se van juntando.

Una batalla de la fe

Pero realmente, ningún persona tiene que vivir así. Todos pueden aprender a pelear la buena batalla de la fe, a andar en la franqueza de la fe, y estar de buen ánimo en todas las situaciones, aun cuando uno haya caído.

La batalla de la fe se puede dividir en dos partes. La primera es andar fielmente en el Espíritu y por la fe, hora tras hora, vigilando y luchando para no estar de acuerdo con ninguna tentación, para no satisfacer los deseos de la carne y el pecado no sea concebido de ninguna forma. (Gálatas 5: 16; Santiago 1: 15) Solo así podemos estar completamente seguros de que el desánimo se mantendrá lejos de nosotros y de que Satanás está vencido. Él intentará de nuevo, pero no encontrará ninguna entrada ni tampoco una grieta en la armadura a la cual puede disparar sus dardos de fuego.

La segunda parte de la batalla de la fe consiste en vencer a Satanás, al acusador, y alejarlo cuando hayamos pecado. Esta parte es la más importante, porque es la más común y lo primero que hay que aprender para poder resistir a Satanás.

Satanás, el acusador, es un mentiroso

Cuando pecamos viene el acusador de inmediato para reprocharnos. «Caíste de nuevo», “Sí, es la verdad”, dice el alma. Satanás continua: “No andas bien.” “Sí, tienes razón”, admite uno. “Nunca lo lograrás”, dice él. “No, al parecer no lo lograré”, asiente el alma. “¿Para qué vas a las reuniones?” “Tienes razón, no debería ir.” Si uno va a la reunión, Satanás dice: “No es debido para ti orar.” “No, realmente no.” “Si testificas serás hipócrita.” “Sí, lo mejor es que me quede callado”, piensa el alma. “No puedes cantar en voz alta, porque entonces creen que tienes victoria”, dice Satanás. “Sí, eso es la verdad”, piensa el alma.

El acusador habla como si fuera un apóstol de la verdad. ¡Que irónico! Pero, ¿entonces no era la verdad todo lo que dijo? ¡No! ¡claro que no! primero que nada, todo lo que dijo era falso, y segundo, la esencia de sus palabras eran mentira, a pesar de que se escuchen correctamente; tercero, tengo que agregar: ¿qué sucede con todo lo que ocultó y no me dijo?

Aquí surge una pregunta que me gustaría hacerte: ¿No tenías algo verídico para decirle? ¿Ni una sola palabra de Dios? ¿Ni un solo arma? ¡No, no tenías! ¡fuiste un mal guerrero! Ni siquiera fuiste un guerrero. De inmediato te rendiste ante el enemigo. ¡Ni un solo golpe diste con la espada para la salvación de tu propia alma o para tu Capitán! Voluntariamente le mostraste tus manos y dejaste que el adversario te quitara tus armas y te pusiera cadenas para hacer contigo lo que quiera.

Armas para contraatacar

No estamos aquí en el mundo para jugar «policías y ladrones.» Tienes que unirte a las tropas que luchan y resisten a nuestro adversario el maligno hasta la sangre, por tu propia causa y por la causa de los demás. Tenemos que adquirir las armas de la luz, la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Con esa podemos alejar y vencer a Satanás en todas las situaciones.

Si pecaste, si has caído, levántate de inmediato; reconoce tu pecado, y sabes con seguridad que será borrado porque así está escrito en la Palabra de la verdad (1 Juan 1: 9.) Si Satanás te acusa, puedes vencerlo con esa espada. Dale también un golpe con 1 Juan 2: 1-2, y con Proverbios 24: 16. Recuérdale que él mandó crucificar al Justo, que ha perdido la guerra y que no tiene nada en ti.

¡Cristo te ama! ¡Él te defiende! ¡Con gusto te perdona! Se valiente; ¡nunca te rindas ante el enemigo!, mejor di: «¡Esta vez, no, nunca!» «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada.» (Salmos 32:1). Hay fuerza y coraje en la alegría. El que ha sido perdonado mucho, ama mucho.

Derrotar y expulsar a Satanás (el enemigo, el engañador, el acusador) después de cometer pecado, es de vital importancia. Lo mejor es por supuesto vencer en la tentación, y no cometer ningún pecado. Pero si uno ha perdido una batalla se trata de ganar la próxima. La primer batalla gira en torno a uno u otro pecado en un pensamiento, palabra u obra. Si pierdes allí, de inmediato comienza una guerra contra el desánimo y la confianza. En cada caso hay solamente una de dos alternativas: la victoria o la derrota.

¿A quién le crees? ¿A quién sigues?

Satanás acusa a los elegidos de Dios día y noche. (Apocalipsis 12: 10) Pero Cristo nos defiende día y noche. (1 Juan. 2: 1) ¿A quién le crees? ¿Quién tiene razón? ¿Cuál de los dos dice la verdad?

Dios no nos ha dado un espíritu de desánimo. (2 Timoteo 1: 7) ¿De quién has recibido ese espíritu? ¿A quién has abierto tus oídos y tu corazón? ¿A quién has obedecido? ¿A quién has mostrado confianza?

“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Santiago 4:7. “Al cual resistid firmes en la fe.» 1 Pedro 5:9. ¿A quién has resistido? ¿A quién te has sometido?

«…Ni deis lugar al diablo» Efesios 4:27. ¿A quién has abierto? ¿A quién le has dado un lugar?

¡Nuestro futuro y nuestra esperanza!

Con todo lo que hay en mí, exhorto a todas las almas que quieran  terminar con el pecado a toda costa, ¡a ser valientes!, ¡ser francos! ¡y a perseverar!, ¡Si el poderoso Satanás está contra ti, el aún más poderoso Cristo estará de tu lado! ¡Alabado y bendecido sea el Señor! ¡La victoria será tuya! El trabajo de Satanás es acusar a todo el que cae. Por el contrario, la obra de Cristo es defender, apoyar y levantar a todos aquellos que caen. (Salmos 145: 14; Proverbios 24: 16; 1 Juan 2: 1).

¡Es imposible vencer a Satanás con sentimientos, opiniones, intenciones, deseos y sueños! Tienes que derrotarlo con el filo de la espada, con las palabras exactas de Dios. Ármate ahora, pon las palabras de la verdad en tu corazón y llévalas contigo, ¡siempre ten tus armas listas! Lucha en cuanto veas en tus pensamientos algo que se oponga a la verdad, ¡utiliza la espada! Si a pesar de ello llegarás a pecar, y escuchas la voz del diablo acusandote por lo que has hecho, tienes que responder: “Sí, caí, pero también conozco otra verdad” y puedes silenciarlo con versículos y pasajes apropiados. Dos o tres pasajes lo pueden ahuyentar lejos, porque él es el príncipe de las tinieblas, y no soporta la luz (la luz de Dios).

¡Alabado sea el Señor! Nos espera un futuro largo, lleno de luz y de esperanza. ¡Adelante guerreros, a luchar y a vencer con la espada! Usa la espada del Espíritu, la cual es la palabra viva, verdadera e inmarcesible de Dios. ¡Esa es el arma que te dará la victoria! ¡Y le quita el ánimo al adversario y no a ti!

Fuente: Cristianismo Activo

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